La democracia del espanto: el pasado inventado como receta electoral
Por: El Director | La Granja EC
El reloj electoral ecuatoriano corre hoy a una velocidad frenética y antinatural. Con el adelanto de los comicios seccionales al 29 de noviembre, la carrera por el control de los gobiernos locales ha dejado de ser un debate de propuestas urbanas para convertirse en una competencia de supervivencia y demolición. El tablero político actual no se sostiene sobre planes de desarrollo o presupuestos; se articula sobre un triple eje devastador: el pánico generalizado a la violencia criminal, la indignación perenne ante la corrupción y una agresiva ofensiva de judicialización contra alcaldes y autoridades seccionales en funciones.
En este escenario de shock e intermitencia institucional, la obra del historiador Jean-Frédéric Schaub, Le Passé ne s’invente pas (El pasado no se invente), surge como un espejo incómodo y lúcido para la realidad del Ecuador. La tesis central de Schaub advierte cómo, en momentos de crisis profunda y polarización digital, los actores políticos suelen «fabricar» un pasado a la medida de sus intereses. Cuando el presente se torna invivible por el miedo a perder la vida o el patrimonio, la verdad fáctica es la primera en ser sacrificada en el altar de la memoria manipulada.
En el Ecuador de hoy, ese «pasado inventado» opera bajo dos lógicas perversas:
Por un lado, el oficialismo y ciertos sectores de control estatal instrumentalizan la narrativa de la «limpieza institucional». La fiscalización relámpago a decenas de alcaldes y los procesos judiciales en cantones clave se presentan bajo el relato histórico de una cruzada moral indispensable. Al activar viejos resentimientos contra la clase política tradicional, se busca que el votante valide el quiebre de las reglas de juego y la persecución de liderazgos locales robustos, bajo la promesa de refundar un orden que, supuestamente, la democracia descentralizada destruyó. Si el ciudadano cree que se enfrenta a un «mal histórico», tolera el abuso del aparato judicial.
Por otro lado, la oposición y los liderazgos seccionales bajo asedio recurren a su propia mitología retrospectiva. Ante la arremetida del lawfare o la fiscalización asimétrica, se resguardan en la memoria nostálgica de gestiones pasadas donde «las cosas funcionaban», simplificando problemas estructurales que arrastramos desde hace décadas.
El peligro latente de esta dinámica —y allí radica la advertencia de Schaub— es que el miedo anula el porvenir. Un electorado que acude a las urnas con el pulso tembloroso por la inseguridad y el estómago revuelto por la sospecha de corrupción es un electorado profundamente manipulable. Las plataformas digitales actúan como megáfonos de este desamparo, bombardeando con contenidos que deslegitiman la institucionalidad histórica local y ofrecen, a cambio, certezas absolutas basadas en mitos de mano dura o pureza moral ficticia.
Reducir las próximas elecciones de noviembre a un coliseo donde se decide qué facción persigue mejor o quién grita más fuerte contra la delincuencia es condenar a las ciudades y provincias al estancamiento. Si permitimos que el relato político del Ecuador sea secuestrado por la invención de pasados convenientes y la explotación del terror cotidiano, perderemos la capacidad de planificar lo único que realmente importa: el futuro.

